Una anciana vivía con su hijo junto al mar. Cada mañana arrojaba un pan al agua. Un día le dijo:
—Hijo, estoy envejeciendo y siento que voy a morir pronto. Escuchá mi consejo: seguí echando un pan al mar todas las mañanas.
La anciana murió y el joven cumplió su encargo.
Una tarde, al regresar del trabajo, encontró la casa barrida y ordenada. Otro día dejó carne en la alacena y, cuando volvió, la comida estaba cocinada y la mesa puesta. Aquello se repitió varias veces, hasta que decidió esconderse debajo de la escalera.
Oyó un chapoteo. Un pez grande saltó hasta el umbral, dejó caer su piel y de ella salió una muchacha hermosa como la luna brillante. Barrió la casa y terminó el trabajo de la cocina. Cuando estaba por marcharse, el joven la sujetó.
—¡Mamá, ayudame! —gritó ella.
Desde el mar respondió una voz:
—No tengas miedo, hija. Ese es mi yerno.
Con permiso de la madre y por voluntad de Dios, según cuenta la historia, la muchacha se convirtió en esposa del joven. Llamaron al sacerdote y celebraron la boda durante siete días.
Tiempo después, ella cosía junto a la ventana cuando el príncipe, que paseaba por su huerto costero, la vio. Quedó prendado de su belleza. Al enterarse de que estaba casada, decidió matar al marido para casarse con ella.
Mandó llamar al joven.
—Necesito una tienda tan grande que quepa todo mi ejército y todavía quede vacía la mitad. Tenés tres días para hacerla. Si no, te cortaré la cabeza y confiscaré todos tus bienes.
El muchacho volvió a casa entristecido. Su esposa le preguntó qué pasaba.
—Nada —respondió él, suspirando.
—Tu cara dice otra cosa. Contame.
Entonces le explicó la orden del príncipe.
—No te preocupes.
Ella se asomó hacia el mar.
—¡Mamá! Mandanos nuestra tienda pequeña. Queremos ir de campamento.
La tienda salió del agua. El joven se la llevó al príncipe. Los sirvientes tardaron siete días en armarla: cupieron el ejército y todo el pueblo, y todavía quedó vacía la mitad.
—Muy bien —dijo el príncipe—. Pero no hay nada para cubrir el suelo. Traeme una alfombra que tenga exactamente el tamaño de la tienda. Tenés tres días, o perderás la cabeza.
La muchacha volvió a pedirle a su madre que enviara la alfombra pequeña. Su marido la entregó.
Al día siguiente, el príncipe exigió un racimo de uvas tan grande que todo el ejército pudiera comer de él sin terminarlo. También lo recibió al otro día.
Por último pidió un bebé de tres días que caminara y hablara como un adulto. Esta vez el joven perdió toda esperanza: aquello sí era imposible.
—No te preocupes —le dijo su esposa esa noche. Y llamó al mar—: ¡Mamá, mandanos un rato al bebé! Queremos verlo.
Le entregaron al pequeño y su marido lo llevó al palacio, todavía dudando de que pudiera cumplir la exigencia. Por el camino resbaló y sacudió al bebé.
—¿No mirás por dónde vas, cuñado? ¿Querés caerte y aplastarme?
El reproche alegró al joven: ya sabía que no le cortarían la cabeza.
Apenas entraron, el bebé caminó hasta el príncipe, saltó a sus rodillas y le dio una bofetada.
—¿No te da vergüenza molestar tanto a mi cuñado? Querés matarlo para casarte con mi hermana. ¡Vergüenza debería darte!
El príncipe abandonó su intención, se disculpó y pidió perdón. Desde entonces dejó en paz al joven y a su esposa del mar, que todavía viven junto a la costa.
Cayeron del cielo tres manzanas: una para mí, otra para quien contó el cuento y otra para quien recibió a la compañía.



