En los primeros tiempos del mundo vivía un gigante llamado Ang-ngalo, hijo único del dios de la construcción. Le gustaba recorrer grandes distancias y trabajar en las montañas. Allí cavaba cuevas y las protegía del viento con árboles fuertes y paredes de roca.
Una mañana, cuando subía hacia su cueva más alta, vio al otro lado del océano a una joven que agitaba un pañuelo negro. El gigante entró en el agua y caminó hasta ella. Sus pisadas, dice esta historia, dejaron las grandes hondonadas del fondo marino.
La joven era Sipgnet, la diosa de la oscuridad.
—Estoy cansada de mi palacio del cielo —le dijo—. Quiero que construyas una casa acá. Tiene que estar hecha con ladrillos blancos como la nieve.
Ang-ngalo buscó, pero no encontró ningún ladrillo tan blanco. En aquel tiempo, lo único que tenía ese color era la sal. Entonces pidió ayuda a Asin, gobernante del reino de la Sal, y recibió ladrillos puros y brillantes.
Para transportarlos, el gigante construyó cientos de puentes de bambú sobre el océano. Una multitud de trabajadores comenzó a llevar las cargas de una orilla a otra, de día y de noche.
El océano, que hasta entonces había sido agua dulce formada por las lágrimas de diosas decepcionadas, perdió la paciencia. El paso constante sobre los puentes no lo dejaba descansar.
Un día levantó grandes olas y destruyó las pasarelas. Los trabajadores y los ladrillos cayeron al agua y quedaron sepultados en sus profundidades.
Con el tiempo, la sal se disolvió. El mar conservó lo que había caído en él: por eso, según este relato, sus aguas son saladas.



