Los mellizos Demane y Demazana habían perdido a sus padres. Como sus parientes los maltrataban, huyeron y buscaron un lugar donde vivir.
Encontraron una cueva con dos aberturas que dejaban entrar el aire y la luz. La entrada tenía una puerta fuerte que podía cerrarse desde adentro. Demane salía a cazar y su hermana se quedaba allí.
—Mientras no esté, no ases carne —le pidió él—. El olor puede atraer a los devoradores de personas.
Un día Demazana puso carne de búfalo sobre el fuego. Zim, uno de aquellos seres, sintió el olor y llegó a la cueva. Como la puerta estaba cerrada, intentó imitar la voz del hermano y cantó:
—Demazana, hija de mi madre, abrime esta cueva donde entran las golondrinas, esta cueva de dos aberturas.
Ella escuchó.
—No sos mi hermano. Tu voz es distinta.
Zim se alejó y volvió al rato con otro tono. Demazana lo rechazó otra vez: todavía tenía la voz demasiado ronca.
Entonces fue a consultar a otro devorador. No le contó a quién quería capturar, por miedo a tener que compartirla. Solo preguntó cómo conseguir lo que buscaba. El otro le aconsejó quemarse la garganta con un hierro caliente. Zim lo hizo y su voz cambió.
Regresó y repitió la canción. Esta vez Demazana creyó que era Demane y abrió. Zim la atrapó y se la llevó, pero ella fue dejando caer cenizas a lo largo del camino.
Demane volvió de cazar. Aquel día solo había conseguido un enjambre de abejas. Encontró la cueva vacía, adivinó el peligro y siguió el rastro de cenizas hasta la casa de Zim.
La familia del devorador había salido a juntar leña. Zim estaba solo y acababa de encerrar a Demazana en una bolsa grande, para retenerla hasta que estuviera listo el fuego.
—Dame agua, padre —pidió Demane.
—Te doy, si prometés no tocar esa bolsa.
El muchacho prometió. Apenas Zim salió a buscar agua, abrió la bolsa, liberó a su hermana y puso las abejas adentro. Después los dos se escondieron.
Zim regresó al mismo tiempo que su esposa, su hijo y su hija, que traían la leña. Mandó a la hija a buscar la bolsa.
—Hay algo rico ahí.
La joven metió la mano y recibió una picadura.
—¡Muerde! —gritó.
El hijo probó después, y luego la esposa. A todos les ocurrió lo mismo. Zim se enojó, los echó afuera y trabó la entrada con un bloque de madera. Iba a abrir la bolsa él mismo.
Las abejas salieron en un enjambre y le picaron la cabeza y los ojos. Zim ya no podía ver. Se abrió paso por un agujero del techo de paja y salió dando alaridos.
Corrió hasta caer de cabeza en una laguna. Quedó clavado en el barro y se convirtió en un tocón. Las abejas se instalaron allí, pero nadie podía sacarles la miel: cualquier mano que lo intentara quedaba pegada.
Demane y Demazana tomaron los muchos bienes que Zim había dejado. Los dos hermanos, que habían llegado sin nada a la cueva, se hicieron ricos.



