Un molinero quiso impresionar al rey y aseguró que su hija sabía convertir la paja en oro. Lo dijo como quien agrega un adorno a una conversación, pero el rey lo tomó muy en serio.
—Traela mañana. Quiero ver esa habilidad.
La joven no sabía hacer tal cosa. Sin embargo, al día siguiente la encerraron en una habitación llena de paja, con una rueca y un carrete. El rey le advirtió que, si al amanecer no había convertido todo en oro, moriría. Después cerró la puerta con llave.
La muchacha se sentó frente a la rueca. Tocó la paja áspera, miró el carrete vacío y empezó a llorar. De pronto apareció un hombrecito.
—¿Por qué llorás?
Ella le contó la exigencia del rey.
—¿Qué me das si hago el trabajo por vos?
La joven se quitó el collar. El hombrecito lo guardó y se sentó. La rueca zumbó. A cada vuelta, la paja se transformaba en un hilo de oro. Cuando llegó la mañana, todos los carretes estaban llenos.
El rey quedó maravillado, pero su codicia creció. Llevó a la hija del molinero a otra habitación, más grande y todavía más llena de paja. Repitió la amenaza y volvió a encerrarla.
El hombrecito regresó esa noche. Esta vez pidió el anillo que ella llevaba en el dedo. La joven se lo entregó y la rueca volvió a cantar hasta el amanecer.
Ni siquiera aquello satisfizo al rey. La tercera habitación era enorme.
—Si transformás también esta paja —le dijo—, te voy a hacer reina.
El hombrecito apareció como las noches anteriores. Pero la muchacha ya no tenía collar, anillo ni ninguna otra cosa para ofrecerle.
—Entonces prometeme tu primer hijo, si llegás a ser reina.
Ella estaba aterrada. No veía ninguna salida y aquel futuro le parecía tan lejano que aceptó. El hombrecito hiló el oro. El rey cumplió su palabra y se casó con la hija del molinero.
Pasó un año y nació un bebé. La reina había dejado de pensar en aquellas habitaciones cuando el hombrecito entró de nuevo.
—Vengo por lo que me prometiste.
Ella lo miró con horror. Le ofreció riquezas, joyas, todo lo que poseía. Él rechazó cada oferta. La reina lloró tanto que el hombrecito cedió en una cosa.
—Te doy tres días. Si descubrís mi nombre, podés quedarte con tu hijo.
Durante la primera noche, la reina recordó todos los nombres que había oído. Mandó mensajeros por el reino para reunir más. Cuando el hombrecito regresó, ella probó uno tras otro: Gaspar, Melchor, Baltasar, nombres de reyes, de jardineros y de criados.
—No es mi nombre —respondía él siempre.
Al segundo día llegaron nombres extraños, nombres antiguos, apodos que parecían inventados. La reina los dijo todos. Ninguno sirvió.
Ya casi terminaba el tercer día cuando volvió un mensajero que había llegado hasta el borde del bosque.
—No encontré nombres nuevos —dijo—. Pero vi algo raro. Había una casita en una montaña y, delante, una fogata. Un hombrecito bailaba en una sola pierna y cantaba que pronto tendría al hijo de la reina. Después gritó, muy contento, que nadie sabía que se llamaba Rumpelstiltskin.
La reina cerró los ojos de alivio. Cuando llegó su visitante, se obligó a hablar con calma.
—¿Te llamás Conrado?
—No.
—¿Enrique?
—No.
Ella sostuvo a su hijo contra el pecho.
—Entonces, ¿será Rumpelstiltskin?
El hombrecito lanzó un grito. Gritó que alguien tenía que haberle revelado el secreto. Furioso, golpeó el suelo con un pie hasta hundirlo en la tierra. Tiró del otro con tanta violencia que su propio cuerpo se partió en dos.
La amenaza terminó allí. La reina siguió abrazando al bebé, que no sabía nada de ruecas ni de pactos. Había pasado tres días buscando una palabra. Ahora podía callarse y escuchar su respiración.


