Hace mucho tiempo, en la Chimba de Santiago, vivía una mujer que conocía artes de brujería y estaba casada con un zapatero.
Cada noche le daba a su marido una bebida que lo hacía dormir profundamente. Cuando él empezaba a roncar, la mujer abría unas cajas de ungüento y untaba a sus hijos. Los chicos se convertían en zorritos. Después se untaba ella, tomaba forma de cabra y salía a recorrer los alrededores.
Una noche el zapatero tuvo que ausentarse y volvió mucho más tarde de lo habitual. No encontró a su mujer ni a sus hijos. En un rincón había cinco zorritos.
—¿Qué pasa acá? —preguntó.
Uno de los animales le respondió:
—Mamá nos puso el ungüento de esas cajas y nos volvió zorros. Después se puso ella, se convirtió en cabra y salió.
El zapatero tomó un poco de ungüento y se lo aplicó a los zorritos. Los cinco recuperaron su forma de chicos.
Entonces vació las cajas en una acequia de agua correntosa. Arrojó a la calle los recipientes, donde solo quedaron algunos restos pegados a los bordes.
Al amanecer volvió la cabra. Buscó el ungüento que necesitaba para transformarse y encontró las cajas casi vacías. Reunió lo poquito que quedaba, pero no le alcanzó para recobrar por completo su forma anterior.
Por eso, cuenta esta versión, la Calchona todavía anda de noche con cuerpo de cabra y con cara y manos de persona.



