Un músico extraordinario caminaba solo por un bosque, pensando en toda clase de cosas. Cuando se le acabaron los pensamientos, empezó a aburrirse.
—Voy a buscarme un buen compañero —decidió.
Sacó el violín que llevaba a la espalda y tocó hasta que la música resonó entre los árboles. Un lobo salió de la espesura y se acercó al trote.
—Un lobo... No era eso lo que quería —pensó el músico.
Pero el animal llegó lleno de admiración.
—¡Qué hermoso tocás! Quisiera aprender.
—Es fácil. Solo tenés que hacer todo lo que te diga.
—Voy a obedecerte como un alumno a su maestro.
Caminaron hasta un roble viejo, hueco y partido por el medio. El músico le indicó que metiera las patas delanteras en la grieta. Cuando el lobo obedeció, tomó una piedra y la encajó de un golpe, dejándole las patas aprisionadas.
—Quedate ahí hasta que vuelva —dijo, y siguió su camino.
Al rato volvió a aburrirse. Sacó el violín y tocó otra vez. Un zorro apareció entre los árboles.
—Tampoco quiero un zorro —pensó.
El animal le pidió que le enseñara a tocar. El músico repitió que solo necesitaba obedecerlo, y el zorro prometió ser un buen alumno.
Llegaron a un sendero bordeado de arbustos altos. El hombre dobló un avellano joven hasta el suelo y sostuvo la punta con el pie. Luego dobló otro arbolito del lado opuesto.
—Dame la pata izquierda si querés aprender.
La ató a una rama. Después pidió la derecha y la ató a la otra. Comprobó que los nudos estuvieran firmes y soltó los árboles. Estos se enderezaron de golpe y dejaron al zorro colgando, debatiéndose en el aire.
—Esperame ahí —dijo el músico, y se fue.
Más adelante volvió a sentirse solo y tocó por tercera vez. Acudió una liebre saltando.
—No quiero una liebre —pensó el hombre.
Ella también admiró su música y quiso aprender. Él volvió a exigir obediencia y recibió la misma promesa.
Llegaron a un claro con un álamo temblón. El músico ató un extremo de una cuerda larga al cuello de la liebre y el otro al tronco.
—¡Ahora corré veinte vueltas alrededor del árbol!
La liebre obedeció. A cada vuelta la cuerda se enrollaba más, hasta dejarla atrapada contra el tronco. Cuanto más tiraba, más se le clavaba en el cuello.
—Quedate hasta que vuelva.
Mientras tanto, el lobo empujó, tiró y mordió la piedra durante tanto tiempo que logró liberar las patas. Furioso, salió tras el músico para despedazarlo. El zorro lo vio pasar y gritó:
—¡Hermano lobo, ayudame! ¡El músico me traicionó!
El lobo dobló uno de los árboles y cortó la atadura con los dientes. Libre el zorro, fueron juntos a vengarse. Encontraron a la liebre, la soltaron también y los tres siguieron buscando al hombre.
El músico había vuelto a tocar. Esta vez lo oyó un leñador pobre. La música lo atrajo de tal modo que dejó su trabajo y se acercó con el hacha bajo el brazo.
—Por fin el compañero que buscaba —pensó el músico—. Quería una persona, no un animal salvaje.
Tocó de una manera tan hermosa que el leñador se quedó inmóvil, encantado y feliz.
En ese momento llegaron el lobo, el zorro y la liebre. El hombre comprendió que querían atacar al músico. Levantó su hacha brillante y se plantó delante de él, como advirtiendo que quien lo tocara tendría que enfrentarlo primero.
Los animales se asustaron y regresaron al bosque. El músico, agradecido, tocó una vez más para el leñador. Después continuó su camino.



